martes, 17 de marzo de 2009

El Secreto

Parecía mentira tanta agua debajo del puente, tanta luz enceguecedora en el horizonte. Lo veía todo con claridad casi enfermiza, y era ayer nomás que pateaba locamente la pelota en el potrero, en esos clásicos barriales que marcaron la vida de todos los pibes de aquella época, ya muy lejana en el tiempo. Pero la sensación lo dejaba ahí, tan cerca. Casi al alcance de la mano. Sintió que podía patear la número 5, el gran orgullo del grupo de amigos. La habían conseguido con mucho esfuerzo, entre todos, meta changa y vueltos del almacén. No, nada se había borrado de su cabeza. Aún escuchaba al relator seguir la gran jugada que estaba haciendo, como en esos míticos partidos en la cancha de verdad, la de los domingos, con todo el césped verde, prolijo, las líneas de cal perfectamente derechas, delimitando esa vida aparentemente irreal de los jugadores de fútbol y la de los hinchas, pegados al alambrado, vociferando todo cuanto les corriera en el cerebro. Así entraba al área 18, haciendo firuletes frente a los desesperados defensores del barrio vecino, totalmente incapaces de detener esa marcha triunfal. Esquiva al último, define suave y la pelota pasa lentamente, casi pidiendo disculpas, entre los dos buzos que hacen las veces de arco. ¡Cómo se enojaban las madres cuando tenían que lavar la ropa repleta de tierra! Poco importaba en ese momento, porque el gol estaba consumado, el grito con la boca bien abierta al aire y...
Estaba besándose, en la cama, con ese primer romance, esa minusa que por esos días parecía ser la de toda la vida. ¡Qué divertido era verlo ahora! Sólo un amor de verano, simple, fugaz, sincero, tan puro. Todo era tan pervertido en sus mentes, ambos se animaban a cruzar esa barrera que parecía no levantarse jamás. Mientras papá y mamá trabajaban, el tren de la vergüenza iba yéndose de a poco, y cada paso incursionando en ese terreno oscuro, desconocido, traía un miedo y una excitación que nada podía igualar. Ella era suya, él era de ella, ambos se poseían en esos minutos efusivos, tan pocos que ni dieron tiempo a caer en lo que recién había pasado en ese colchón. Se había hecho las cinco de la tarde, los viejos iban a llegar dentro de poco. Los nervios se mezclaban con las risas. No podía dejar cosa tan obvia a la vista. Estaban apurados, pensando en qué hacer, cuando...
Humo. Un denso humo acaparaba la habitación en todas las dimensiones posibles, sin fugarse por esa rendija en la ventana, rebelde a la idea de quitarle el tinte onírico a esa reunión. Sillones acaparados por seres que habían pasado a ser más risa que seres. La abulia lo era todo junto a esas botellas marrones semivacías, las jarras caseras (botellas de plástico sin pico) con restos de espuma color té con leche, y los paquetes de papas fritas, ya absolutamente devastados. La sensación de la marea de un mar invisible que se lo llevaba vaya uno a saber a dónde, las voces exageradamente fuertes...
Las miradas fijas, uno al otro, como quemándose, prendiendo fuego la mesa, su fernet suavecito y el daiquiri de la piba. Ella tan natural, tan parecida a él, tan complementaria hasta en las diferencias, y tan linda. Con el correr de las salidas, de las charlas, ella se había convertido en la más hermosa, sin importar nada lo demás. Algo la había hecho más linda desde aquella primera vez que la vio. Y hoy era la noche. Únicamente los dos.Terminaron de tomar sus bebidas, apenas una excusa para juntarse. Salieron a caminar por ahí, sin rumbo fijo, sin buscarlo tampoco, porque el rumbo no era un lugar. Eso sólo quedaría como anécdota, como algo más para agregarle a una historia con ganas de tener mucho para contar. Apenas era otoño, una noche agradable, pero ella jugueteó a tener frío, él aceptó el juego y la abrazó, frotó su manos sobre sus brazos, como queriendo llamar al genio mágico que pudiese hacer eterno ese instante donde ambas lenguas trémulas formaban una sola boca...
Y por fin se oyó el llanto. Agudo, tan tranquilizador que parecía despedir sedantes a cada nuevo grito eufórico en busca de oxígeno. Los abrazó a ambos. A ella y sus jadeos que ya iban encontrando felicidad, a él y su pequeña entereza, diminuta, frágil. Ahora lo recordaba tan distinto, pensar que en ese momento sintió que el retoño lo entendía todo, que captaba sus palabras, que las razonaba y que podría guardarlas para siempre. Iluso pensarlo hoy día, obvio, pero en aquel momento él sentía que...
Las lágrimas ya iban más allá de las pestañas inferiores, correteando por las mejillas, trazando un camino sin vuelta atrás, sin posibilidad ya de arrepentimientos. Era el sendero ya trazado y nada podía hacerse al respecto. Un hexagonoide de refinado cedro resguardaba un cuerpo imposibilitado de emociones, y los consuelos no servían mucho en ese momento. Todos lo sabían, tenía que pasar y pasaría, pero tan solo se está que se pierde la razón, la lógica, y cualquier fórmula mágica, increíble, futurística vendría bien. Pero no hay poción, remedio, planta, afecto, ni nada que cure aquello...
No había manera de seguir llamando charla a eso. Hasta el mote de discusión quedaba chico. Qué fácil resultaba herirse, qué simple es cuando se ha compartido tanto y las debilidades del otro ya florecen como propias. La sutil y cruenta violencia de la lengua, la sanguinaria lucha de las palabras que abren grietas en el alma como cuchillazos en el corazón. Hoy no podía pensarlo de la misma manera que aquella vez, pero el portazo existió. Sonó en toda la casa, retumbó en cada una de las habitaciones y dejó una estela de dolor atrás. El dolor fue desapareciendo, fue siendo comprendido. Pero las cosas no podían volver a ser como antes, ni lo fueron. Fueron distintas rutas las que siguieron, pero los mismos transeúntes los veían a cada uno en su ruta. Porque a pesar de todo...
¡Qué poco respondía el físico! Ya no era como en esos días de chiquilín, cuando se filtraba entre patadas llevando la pelota para adelante entre la tierra irregular del potrero, o cuando las hormonas lo tenían vilo, despierto de noche, o...
Profundísimo dolor. El costado izquierdo de su pecho sintió algo así como una daga que abre los músculos de par en par en una violenta arremetida. Parecía mentira tanta agua debajo del puente, tanta luz enceguecedora en el horizonte. No quiso buscarle nombre, tendencia ni misticismo. Simplemente le dijo, y él entendió, que podía elegir el momento. Cuando lo disponga.

- Subí y bajé vieja.
- ¿De dónde?- preguntó ella, sin saber si quería escuchar respuesta.
- Vos sabés negra.

La conversación no siguió. Ella supo respetar el secreto. Secreto que poco tiempos después, tras algunas despedidas, él se llevó definitivamente a la tumba.

1 comentario:

  1. como solés hacer, sólo me queda el desconcierto. Pero bravo.

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¿Dónde estabas el domingo 12 de Septiembre a las 15:30?