sábado, 17 de octubre de 2009

El subsuelo de la patria sublevado



Pasaban los días y la inacción aletargada y sin sobresaltos parecía justificar a los escépticos de siempre. El desaliento húmedo y rastrero caía sobre nosotros como un ahogo de pesadilla. Los incrédulos se jactaban de su acierto. Ellos habían dicho que la política de apoyo al humilde estaba destinada al fracaso, porque nuestro pueblo era de suyo cicatero, desagradecido y rutinario. La inconmovible confianza en las fuerzas espirituales del pueblo de mi tierra que me había sostenido en todo el transcurso de mi vida, se disgregaba ante el rudo empellón de la realidad.

Pensaba con honda tristeza en esas cosas en esa tarde del 17 de octubre de 1945.

El sol caía a plomo cuando las primeras columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y talleres. No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade los parques de diversiones con hábito de burgués barato. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de breas, grasas y aceites. Llegaban cantando y vociferando, unidos en la impetración de un solo nombre: Perón. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir.

Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. El descendiente de meridionales europeos, iba junto al rubio de trazos nórdicos y el trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún. El río cuando crece bajo el empuje del sudeste disgrega su enorme masa de agua en finos hilos fluidos que van cubriendo los bajidos y cilancos con meandros improvisados sobre la arena en una acción tan minúscula que es ridícula y desdeñable para el no avezado que ignora que es el anticipo de la inundación. Así avanzaba aquella muchedumbre en hilos de entusiasmos que arribaban por la Avenida de Mayo, por Balcarce, por la Diagonal.

Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de la Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor mecánico de automóviles, la hilandera y el peón.

Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el substrato de nueva idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente en su primordialidad sin reatos y sin disimulos. Era el de nadie y el sin nada en una multiplicidad casi infinita de gamas y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenidos por una misma verdad que una sola palabra traducía: Perón.


Raúl Scalabrini Ortiz

3 comentarios:

  1. Me da un escalofrío y se me erizan los pelos cada vez que lo veo y escucho. Y no me queda nada más por decir.

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  2. Si. A mí también me estremece, Conde...
    Para él era el subsuelo de la Patria sublevado. Para otros, eran el aluvión zoológico. El diario Crítica se quejó en 1945 de la presencia de la plebe en las calles porteñas, un “atentado” contra “el buen gusto y contra la estética ciudadana afeada con su presencia”. El diario Clarín notó con asombro que allí estaban ellos, exhibiendo sus pieles oscuras o atreviéndose a hablar en “quechua o guaraní” en la europea ciudad porteña; señaló que en los sitios de recreo popular de Palermo, habían dejado de bailarse los ritmos que gustaban a los inmigrantes, reemplazados por los gatos, zambas y chacareras que preferían los provincianos.
    Yo creo que si ese movimiento se hubiera dado en Misiones, o en Córdoba, pasaba desapercibido... lo peor es que los morochos se apropiaron de la plaza, en la ciudad de Buenos Aires!!! Y eso nunca se lo van a perdonar!!!
    Feliz día de la leltad!!!

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  3. Y sí, en las palabras del rioba, diríamos que los paquetos diarios decían que una oleada de negros de mierda incivilizados y barbáricos copó toda la parisiana Capital Federal, OH MY GOD!!!

    Nunca, nunca van a perdonarle a Perón que le haya dado cabida a la negrada. Lo ves en los diarios, lo repiten los mediocres.

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